Vizconde de Lascano Tegui – Relojes

El Vizconde, y su magia…

Basta de texto

Mi vecino el pintor —Truchet se llamaba— no sólo me hizo conocer el espanto. Sus palabras, sus preguntas, fueron, como sus regalos, inquietantes para un niño. Jamás me dio un cobre para caramelos, como dan generalmente los hombres a los otros niños. No; él me daba relojes descompuestos, mucho más interesantes en su silencio que si hubieran andado. Yo los hurgueteaba durante varios días, y cuando volvía a ver al pintor no dejaba de decirle:

—¿Sabe Ud.? El reloj que Ud. me dio; lo abrí y lo hice marchar.

Hacer marchar un reloj era para mí algo así como el alto oficio de los inquisidores. Lo que yo hacía era hacer saltar lo poco que aún quedaba de bien en la maquinaria detenida y llenar de aceite la caja del reloj. En su fondo lucían bajo el aceite, aún más dorados, los engranajes. El volante era un anillo de hadas…

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