Inactividades esenciales

La vida se descompone
en unas pocas actividades llamadas
funciones:

respirar, comer, dormir, evacuar
y reproducir esta secuencia
hasta que sea posible

La vida se descompone por necesidad

No es necesario aceptar nada, ni buscar
verdades ni formular preguntas o
emitir poemas que pregunten
¿qué es la vida, un frenesí?
para mantener un estado vital.
Basta con repetir esta secuencia:

respirar, comer, dormir, evacuar
y reproducir esta cadena

La vida se descompone sin pausa,
al comulgar y estar en éxtasis
como mientras se busca una metáfora,
un verbo, un aliciente, o se aspira
a una definición amigable de la vida.

El soñador insomne

(Ricardo Mansoler)

Sábanas más, sábanas menos
cuando un cuerpo se une a su sombra
la realidad se escurre entre las formas 
provisorias.

¡Dromedarios del mundo, uníos!
dijo una voz popular
¡Unámonos! 
replicó un asociado recién incorporado

Si la sábana es corta, urge mantener la calma
y redistribuir los cuerpos

Si se pierde contacto con la realidad
lo más sano es retraerse
para que el poema no naufrague en aguas 
inhóspitas o incultas o peor:
encalle en ese mar de sinsentido humano
(esta frase no me pertenece)
que llamamos realidad.

Pero la realidad siempre ofrece un flanco
más débil, un ángulo impreciso, un costado
poético, un rincón, una ranura, una grieta,
una fisura, un resquicio, un intersticio, un
orificio de salida,
a saber:   una oportunidad.

Poesía, Hip Hop, alienación y conciencia de clase.

Música Rara

¿Hacer poesía, alienarse o testimoniar una nueva conciencia de clase?

por Damián Reis

Géneros urbanos

Cuando uno quiere comenzar a pensar la música de género urbano, se topa con una construcción sintáctica simplificadora. La idea de género relacionada con lo urbano suena extraña. ¿Por qué no decir simplemente hip hop, reggaetón o trap?

Después de recuperarse de esa nomenclatura de origen industrial, uno empieza a buscarle la relación con el urbanismo. Y si el urbanismo, entre otras cosas, se ocupa de la investigación de la vida en las ciudades, la expresión no parece tan desafortunada.

El género urbano, a diferencia del rock -mucho más imaginativo por un lado, más retórico por otro- nace para hablar de la vida en las ciudades, y de todo aquello que no enorgullece a las ciudades, que los discursos públicos de las ciudades dejan de lado.

Y si el reggaetón parece haber falsificado el testimonio…

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Randall Jarell

Ada Lírica

1914-1965, EE.UU.

Trad. desconocido

La muerte del artillero de la cúpula blindada

Desde el sueño de mi madre caí en el Estado,
y me encorvé en su vientre
hasta que mi mojada piel se heló.
A seis millas de tierra, separado
de su sueño de vida,
me desperté ante una negra barrera antiaérea
y la pesadilla de los caza.
Cuando morí me lavaron de la torreta
con una manguera.

Tłum. Michał Sprusiński

Śmierć strzelca z wieżyczki bombowca

Wprost ze snu matki wpadłem w Państwo; w jego brzuchu
Kuliłem się, aż mokrą sierść oszklił mi całkiem
Lód. Sześć mil ponad ziemią, śnionym przez nią życiem,
Zbudził mnie czernią ostrzał i koszmar myśliwców.
Po śmierci wypłukali mnie z wieżyczki szlauchem.

Fotograma de la maravillosaA vida y muerte (1946) de Michael Powell y Emeric Pressburger 

The death of the ball turret gunner

From my mother’s sleep I fell into the State,
And…

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Diorama con oso polar (Isabel Zapata, México, 1984)

 

 

Al fondo del pasillo vive un oso polar.

La entrada es cara pero si te acercas

lo verás devorar una foca de sangre falsa.

¿Sueña el oso disecado con focas vivas?

El taxidermista que arregló su cuerpo

conoce la elasticidad de su piel,

la aritmética de su esqueleto,

el ángulo exacto de sus articulaciones

pero no el espíritu de hielo que en ellas se agitaba.

Como el vigilante del zoológico,

es guardián de un animal vencido.

También de tu soledad hicimos una ciencia.

En «Una ballena es un país»

El reconocimiento ontológico en un cuento de Adela Fernández

laciudadehumo

La jaula de tía Enedina

Adela Fernández

Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Mi madre dice que enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía encerrada en el cuarto de trebejos que está en el patio de atrás. Conforme se acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera me preguntaban cómo seguía. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le importaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarle comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la…

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